jueves, 9 de diciembre de 2010

Las hadas

Estaba una vez un joven preparándose para ir a sus andares. Su madre lo veía desde su mesedora y lo reprendía.
-Así te apuraras en hacer tus quehaceres- le decía, -farol de la calle-.
- ya ma, no se enoje, mejor pinte una sonrisa en su boquita de rosa y hécheme sus bendiciónes- contestaba el mancebo, ya arreglado y con la chaqueta puesta.
- semejantes disparates son los que dices- decía  ruborizada la madre -ánda, con cuidado y regresa temprano que tienes que hacer tu cuarto-
-no me lo va a creer, hoy que regresé estaba ya todo limpio y acomodado-
-no me digas-
- por esta-
- puede que "las hadas" se acomidieron a limpiar tu desorden- decía la señora madre, y se reía de su chiste.
  Qué oportuna ocurrencia la de las hadas, si hubiera sabido la señora que ellas eran las que, en realidad hacían el quehacer de su hijo; que enamorando a una hada y enemorándose de ella era como pasaba los momentos de su felíz vida.
  Qué hubiera dicho aquella madre al ver ese cuadro de felicidad, en que aparecía su hijo amando a esa mujer hetérea con alas pegadas a la espalda y con ojos de corteza de nogal que brillaban como brilla la obsidiana, negra y vidriosa piedra de la tierra fértil.
  En fin, qué importaba lo que hubiera dicho la madre, si al fin y al cabo el amor de aquella hada y aquel hombre era siempre tan  secreto como apasionado.

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